Cada vez que Juan Manuel discutía con Marcela,
pensaba si era la última y definitiva. Su matrimonio
llevaba al menos 15 años en franca caída cuando
empezaron a surgir las quejas y reclamos. Por su
egoísmo al atender más a su trabajo que a ella, por
el tiempo que dedicaba a leer o por tomar café con
sus amigos o cuando no fue a las bodas de oro de
tía Enriqueta, la prima segunda de su madre y
todos preguntaban por él y cuán harta estaba de
vivir con tantas carencias mientras los Martínez y
los López nadaban en la abundancia. Lo peor vino
al perder su trabajo y aquella puerta que siempre se
abría cuando todo estaba por perderse, la nueva
y salvadora oportunidad que asomaba de la nada,
esta vez no se abrió, nadie le habló, ni tuvo éxito al
intentar trabajar por su cuenta. Mientras ocurría el
milagro de obtener un empleo, una realización, su
hogar se sostenía apenas del sueldo de Marcela y
las dádivas de sus hijos y su familia. Día a día él
recibía insultantes actitudes y desprecios, hasta la
insostenible situación actual.
intentar trabajar por su cuenta. Mientras ocurría el
milagro de obtener un empleo, una realización, su
hogar se sostenía apenas del sueldo de Marcela y
las dádivas de sus hijos y su familia. Día a día él
recibía insultantes actitudes y desprecios, hasta la
insostenible situación actual.
-Te lo diré de nuevo: ¿Aún sientes algo por mí?
–Inquirió Juan Manuel.
–Inquirió Juan Manuel.

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